Reto de escritura 3: Los gatos no entienden de civilizaciones

3.5.17 | 0 comentarios

Confieso que tenía parado el reto de escritura de LiterUp (antiguo ELDE), pero lo importante es no dejar de escribir. El pasado mes estuve inmersa en el CampNaNoWriMo (que es como el NaNoWriMo, pero más light), así que no pasa nada grave. 😎

Estuve trabajando en Cómo matar a Ray, del que dejé una pincelada en el segundo reto de escritura...

Y hablando de retos, volvamos al reto de escritura en cuestión...

El reto de escritura de LiterUp consiste en escribir una serie de relatos partiendo de una premisa que ellos te dan. En principio, son 52 relatos, uno para cada semana del año.

La mejor forma de mejorar la escritura es escribir y hay unos cuantos retos de escritura si tienes ganas de darle a las teclas (este post de Yon Salgado lo demuestra). Yo me había comprometido a subir los relatos de LiterUp por aquí para obligarme a escribir, así que voy a dejarte el número 3.

Reto de escritura nº3

Premisa: Empieza una historia con: Estoy de pie en mi cocina…. Debe ser una historia de suspense.

Está basado en un fenómeno que podría suceder en cualquier momento, y que ya ha sucedido antes. Si sabes cuál es, déjalo en los comentarios.

Y sí, es un reto del año pasado, porque no se me ocurría nada interesante con superhéroes. 😂


Los gatos no entienden de civilizaciones

Estaba de pie en mi cocina, lo recuerdo muy bien. Mi gato me miraba con sus ojos brillantes cuando me llevé una taza humeante de café a mis labios. No sé qué rumiaba en mi cabeza, quizá le daba demasiadas vueltas a algo que carecía de importancia. Ahora me parecería estúpido, seguro, pero tampoco tenía idea de lo insignificantes que serían las preocupaciones que me inquietaban. Me acuerdo bien que observaba a mi gato, aunque no le prestaba demasiada atención. De pronto, él apartó la mirada hacia la puerta y pegó un brinco que me hizo reír durante un rato. Estaba acostumbrada a sus repentinos arrebatos, siempre me resultaban tan cómicos… Sin embargo, el gesto de mi rostro se tornó serio al ver cómo su pelaje se erizaba y comenzaba a caminar de medio lado hacia la puerta, como si de verdad hubiera algo amenazante allí. Mi atención se fijó en aquel punto y nada pude ver, salvo las sombras que se perdían en la oscuridad del pasillo. Mi gato salió corriendo y yo dejé mi taza de café en la mesa para seguirlo. En cuanto crucé el umbral, no me encontré nada más que el negro que bañaba el espacio en aquella madrugada donde el sol aún no despegaba.

—¿Odín? —lo llamé, pero la única respuesta fue el silencio.

Recorrí el pasillo, revisé las habitaciones y no encontré nada fuera de lo habitual. Tampoco lo encontré a él, supuse que se había escondido en algún rincón después de haber visto cualquier sombra. Ahora creo que tuvo que sentir algo de lo que estaba ocurriendo y de lo que no fui consciente. En aquel momento no me preocupé y volví a la cocina a por mi café, que había perdido parte de su encantador calor inicial. Suspiré resignada y encendí la televisión. Para mi sorpresa, lo único que encontré fue una pantalla llena de puntos grises que bailaban frente a mis ojos. Comencé a cambiar los canales y el resultado fue el mismo.

—¡Pero bueno! —exclamé, no podía creer que mi televisor se hubiera estropeado.

Me acerqué al dichoso aparato y lo examiné. Comprobé las conexiones y todo parecía correcto. Ilusa de mí, pensé que sería la antena, pero no tenía intenciones de salir al tejado en aquella madrugada helada para comprobarlo, así que en ese momento no descubrí la verdad. Apagué la televisión y me asoló un silencio que comenzó a ponerme nerviosa. Desde que me mudé a mi propio piso, me alteraba encontrar tanto silencio por las mañanas. En cualquier momento esperaba que apareciera alguno de mis hermanos pequeños y nunca creí que echaría de menos sus gritos matutinos que antes me ponían de tan mal humor. Supongo que callar aquella añoranza fue el motivo por el que me afané en rebuscar en los cajones de la cocina una radio pequeña que tenía. Cuando encendí el aparato, el ruido de estática hizo acto de presencia para torturarme. Giré el dial buscando algún sonido diferente. Nada. Un presentimiento negativo embargó mi cuerpo, creo que fue eso lo que sentí justo antes de captar una voz entre los rugidos desesperantes de la radio:

—Esto no es un simulacro, por favor, siga las instrucciones atentamente. Permanezca en casa, desconecte todos los aparatos eléctricos... Estamos sufriendo una oleada masiva de…

Y de pronto, todo se apagó. Me quedé en la más absoluta oscuridad. Fue entonces cuando me acerqué muy despacio a la ventana de la cocina. Me latía tan fuerte el corazón que me dolía el pecho y apenas podía respirar. Mis manos temblorosas descorrieron las cortinas y ante mis ojos se abrió un cielo teñido de extraños colores que ondeaban por el cielo. Azules y verdes se mezclaban con hilos cobrizos que teñían aquella madrugada de luces. Una estampa preciosa empañada por los numerosos incendios que amenazaban en el horizonte, presagios de cómo el mundo cambiaría después de aquel día.

En algún momento, Odín volvió. Lo sentí pegándose a mis piernas, pidiéndome su desayuno, tan tranquilo como siempre. Los gatos no entienden de civilizaciones, ni de sus comienzos ni de sus finales.

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